Minientrada

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• MINIFICCIÓN •

El baile interrumpido.

Sabdyel Almazán

Bajó las escaleras en tacones, dejando el rastro de aquel perfume costoso traído de París. Buscó con la mirada a un compañero de baile en la vacuidad de aquel salón en movimiento. Lo ojos de ambos se cruzaron, los cuerpos de ambos se encontraron al centro de la sala, recinto musical. Comenzaron a moverse entre los demás, detrás de unos, frente a otros. Las risas, la agitación, la alegría. Una serie de golpes sobre la puerta detuvieron aquel andar rítmico. Al detenerse había quedado frente a un espejo y ahí, veía a la mujer más hermosa que jamás hubiera encontrado por la calle. De golpe se abrió la puerta y el encanto terminó.

Hay algo maldito en la tierra.

Hay algo maldito en la tierra.

«Era ya un profesor. Resistiendo penurias, con los pantalones remendados en las sentaderas y con el intestino acostumbrado a no pedir imposibles, había terminado sus estudios en la Escuela Normal. Y su título no era un simple cartón que se quedara colgado en una pared de su alcoba. Entre los andamiajes de su psicología, aquel título era como un puntual de circunspección, que enderezaba todas sus intenciones de muchacho limpio. Intenciones, muchas intenciones que a la luz del sol, le convertían el cerebro en algo así como un colmenar; y que por las noches, cuando paseaba solo, le llenaban el pecho como de luciérnagas».

Patada sublime.

Jorge Ferretis.

Son verdades las heridas.

Son verdades las heridas.

«—¿Sabes cómo haría yo pa’que las gentes valiéramos más?
—¿Cómo?
—Pos si yo juera’l dueño de México, mandaría qu’en los abastos se mataran gentes, y que vendieran sus carnes ¡muncho caras!, como a cinco pesos la libra, hasta que nos gustara comernos.
—¿Y eso pa’qué? —preguntó el tata, mirándolo fijamente.
—Pos ansina ¿no se te afigura que ya no se desperdiciarían gentes? ¿A que en ninguna parte has mirao que se desperdicie un chivo?
—Hombre, pos no…».

Hombres en tempestad.

Jorge Ferretis.