Hola, Dios…

Hola, Dios…

«Entonces ocurrió el gran milagro: una luz purísima se hizo en torno del ascensor; una fuerza desconocida movió la jaula maltrecha, que empezó a subir lentamente, ante los brazos petrificados de los asaltantes. El ascensor abandonó el hall, mientras los hombres se replegaban hacia la entrada, llenos de un inexplicable temor. El ascensor subía, subía, cada vez más luminoso, cada vez más ligero… 40… 41… 55… 56… 50… Domenico no sufría. Una sensación de desgano invadía sus miembros. Mil lámparas de arco giraban ante sus ojos. Una orquesta de saxofones barítonos cantaba el arcaico aleluya. Los guijarros que lo habían derribado se habían vuelto frascos de perfumes a la moda… 64… 65… Al llegar a lo alto del edificio, el techo se abrió silenciosamente, y el ascensor se elevó majestuosamente en el cielo clarísimo, llevado por cuatro ángeles de alas largas, vestidos con camisas de seda y pantalones de franela crema».

-El milagro del ascensor.

Alejo Carpentier.

Faena canina.

Faena canina.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Embeleco

Pedrito salió esa mañana en dirección a la escuela. Todos los días pasaba por aquella casona custodiada por un imponente doberman de ojos vivaces y firmes orejas. De lejos, miraba como el can lo seguía con la mirada, sin perderlo ni un instante hasta que inevitablemente, desaparecía al doblar la esquina. Todos los días, Pedro repetía la misma faena, cada día más cerca del enorme zaguán, como con la intención de finalmente, familiarizar con el animal.
Pronto, aunque con temor aún, el muy párvulo estaba ya frente al mamífero aquel, quien apresurado, olfateaba el rededor.
Pedro sonrió, estiró la mano, pero salió corriendo. El perro, sin embargo, se quedó ahí sin moverse, fijando la mirada en la criatura que no paraba de correr. Al día siguiente, Pedrito repitió la acción, ésta vez, sin correr. El doberman no hiso nada, ni siquiera pareció olfatear; se quedó echado muy cerca, pero alerta. Pedro por fin le acarició la cabeza y sonrió satisfecho. La escena se repitió por varios días hasta que, luego de muchas intentonas, ambos ganaran confianza. Pedro ya consideraba a aquel animal su nuevo «mejor amigo». Un día se dió cuenta que aquel enorme zaguán nunca estaba cerrado; empujó con fuerza y se coló por una orilla.
Sonreía emocionado, mientras el perro se mantenía alerta y en igual emoción. Jugaron, corrieron alrededor del patio hasta que Pedro cayó rendido, no podía dar un paso más; nunca había corrido tanto. Ese día era muy noche ya.
En desesperacion, la madre de Pedro describe su ropa y señas particulares a un oficial de policia. Hace 2 días que llora su desaparición.
En tanto «Butcher», lenguetea sus afilados colmillos y limpia grácilmente sus bigotes luego de zanjar el embrollo. Da la vuelta y avanza rechoncho alrededor del patio hasta el zaguán. Listo y atento, para una nueva cría.

Marco de Mendoza.

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Fue una noche de copas, una noche loca.¹

Fue una noche de copas, una noche loca.¹

«Lo más difícil fue encontrar un disfraz para la cara de la hiena. Estuvimos buscando horas y horas: rechazaba todas mis sugerencias. Por fin dijo:
—Creo que he encontrado la solución. ¿Tenéis criada?
—Sí —dije, perpleja.
—Pues verás: vas a llamar a la criada; cuanto entre, nos lanzamos sobre ella y le arrancamos la cara; llevaré su cara esta noche en lugar de la mía».

La debutante.

Leonora Carrington.


¹ Noche de copas, María Conchita Alonso.

Te quiero tal y cual, sin condiciones.¹

Te quiero tal y cual, sin condiciones.¹

«Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba».

La intrusa.

Jorge Luis Borges.


¹ La diferencia, Juan Gabriel.

Tú, la misma de ayer…¹

Tú, la misma de ayer…¹

«A los hombres las canas les sientan mejor que a nosotras, les dan un toque de distinción. A una mujer canosa ni quién la voltee a ver por la calle, en cambio tú eres uno de esos viejitos guapos que todavía pueden arrancarles suspiros a las señoras».

La incondicional.

Enrique Serna.


¹ La incondicional, Luis Miguel.

Minientrada

¿Quién entiende a las mujeres?

• SERIALES •

El mundo oculto de Sabrina

Adam Masters (Alexis Denisof):

No tenemos que discutirlo, pero creí que querías que nos casáramos…

Mary Wardwell / Lilith (Michelle Gomez):

En algún momento fue así, pero estuviste mucho tiempo lejos, y… Cambié mucho. Ya no soy la misma mujer. ¿Y alguna vez te pusiste a pensar qué es el matrimonio realmente?

Adam Masters (Alexis Denisof):

Dos personas que se declaran su amor, para que todos los celebren. Es una bendición.

Mary Wardwell / Lilith (Michelle Gomez):

Para los hombres, tal vez. Pero si realmente fuera una bendición, un estado deseable, ¿habría necesidad de decorarlo con encaje y seda? ¿Cubrir el camino de la novia con pétalos de rosa? No, lo hacemos por qué el matrimonio conduce a la destrucción de la mujer. No es más que la eliminación por completo de la esencia de una mujer. Le quita todo. Su cuerpo, su libertad. Incluso su alma. Y no le entrega nada a cambio. Nada que ella quiera al menos. Eso es lo que opino sobre el matrimonio. Así que resulta imposible para mí imaginar un escenario en el que estemos casados, Adam. Lo siento.