«Puede que un hombre y una mujer estén más cerca el uno del otro cuando no viven juntos y simplemente saben que existen y que están agradecidos por existir y por saber el uno del otro. Y sólo con esto les basta para ser felices.
El criado llega aterrorizado a casa de su amo. —Señor —dice —he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de amenaza. El amo le da un caballo y dinero, y le dice: —Huye a Samarra. El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado. —Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza —dice. —No era de amenaza —responde la Muerte —sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.
«Cleopatra se había refugiado en la cornisa que daba al patio. El mozo se armó de una escoba y subió a la azotea dispuesto a capturar a la gata. Cuando se acercaba en silencio hacia ella Cleopatra dio algunos pasos más en la cornisa. José pretendió seguirla. Las viejas piedras se desmoronaron y el hombre fue a estrellarse contra el piso de cemento. —Señora —gritó Susana—, se cayó, se está desangrando. La madre y Angelito se asomaron al patio y un instante después volvieron a entrar en la casa. Bajo la impresión de contemplar por vez primera la muerte Angelito gritaba aún más. Su madre se angustiaba al pensar que la herida podía infectarse. Mientras José agonizaba sólo atendido por Susana. Cleopatra se ponía a salvo y en sus ojos brillaban el triunfo y la satisfacción de ver impresas en el polvo las cuatro huellas de sus patas».
«¿Cuántos años tienes?, le preguntó Caín al viejo. Todos los leprosos rieron. ¿Sabes, Caín? La lepra que corrompe nuestra carne es lo de menos, lo verdaderamente difícil es soportar la inmortalidad. ¿Ustedes son inmortales? Sí, tan inmortales como todas las criaturas imperfectas que ha hecho Dios. Tú fuiste el primer asesino, nosotros somos los primeros enfermos. Dios es terrible, no quiere olvidar sus errores y por eso nos mantendrá despiertos hasta el día en que decida morir. ¿Morir Dios? Todos los leprosos volvieron a reírse».
«Alguien me arrastra. La pena me arranca lágrimas que dejan surcos blancos. ¡Por favor!, suplico. Y, al abrir la boca, los dientes se clavan en el suelo y pierdo la mandíbula. Manos, orejas se desprenden de mi cuerpo como terrones secos. Es como si fuera desarmándome a cada paso. No hay dolor, pero siguen arrastrándome. Huelo un aliento espantoso y no necesito adivinar de quién es. Ella me suelta y apunta hacia mí con un dedo mugroso, uñas más negras que la noche de la Muerte. Tenía muchos sueños por cumplir, pienso. No es justo. Mi pecho se abre y el corazón se me cae como una manzana podrida. La Muerte ríe. Tanto, que el universo —o donde fuese que estoy— retumba como el rugir de una tormenta. Una tormenta que ahora se apaga, más y más en la Noche infinita».
Que el diablo compra almas, ya lo sabemos. Lo que ignoramos es que las compra para ver si alguna es de su talla. La suya está destrozada. Sabe que las almas que se venden son impuras, pero las sigue comprando porque hasta él cree en dios y espera un milagro.