Afrodita en la minificción.

Afrodita en la minificción.

• PLUMA INVITADA •

🖊

En las miniaturas textuales que han recibido decenas de nombres y que aquí llamaremos minificciones podemos encontrar todas las pasiones que nos inquietan: el amor, el odio, la muerte, la envidia, los celos, el deseo.

El deseo, el placer y el encuentro.

En esta forma escritural, como en otros géneros literarios, la variedad de temas es tan diversa como diversos son los sentimientos, emociones y vivencias humanas. Podríamos parafrasear la célebre frase de Terencio y decir que a la minificción nada de lo humano le es ajeno. Hay minicuentos en los que leemos historias de la cotidianidad, o de terror, en algunas leemos la recreación de sucesos históricos, o versiones de personajes emblemáticos y héroes mitológicos. Asistimos también al resurgimiento y transformación de la fábula y el bestiario; lo fantástico está presente en otro buen número de estos textos breves. Lo mismo podríamos decir de la ficción científica. El amor, el desencuentro amoroso, la infidelidad, los viajes, la muerte, los recuerdos de la infancia, los oficios, son temas centrales en algunos minicuentos. Y encontramos también minificciones en donde –con muy diversos matices, desde la leve alusión hasta una presencia más explícita– aparece el erotismo.

Eros y Afrodita se pueden presentar en un amplísimo espectro de matices: desde la alusión velada al deseo del encuentro con el cuerpo amado hasta las descripciones más o menos directas del placer que la experiencia erótica despierta, pasando por todos los tonos y gradaciones posibles. Si este nuevo género de la minificción –formado por «cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas», según el feliz acercamiento del teórico y escritor David Lagmanovich– recurre a diversas estrategias retóricas para lograr textos en donde lo omitido es tan importante como lo dicho, en los minitextos en donde se alude al deseo, al placer y al encuentro de los cuerpos esto cobra una importancia especial.

Por ello, tal vez el más importante y frecuente de los recursos que está presente en las minificciones eróticas sea la figura de la elipsis. Aquí lo elusivo se engarza con lo alusivo, que es tan propio de la escritura erótica. Si en muchas minificciones lo silenciado es tan (o más) relevante como lo dicho, cuando lo que se busca expresar es el deseo o el placer, los silencios cobran enorme importancia; es decir, el lector dota esos silencios de una intensidad que tal vez no se hubiera logrado de otra manera. Así, lo eludido será lo que permita el efecto buscado por la autora o el autor.

Si una característica de la minificción es la necesidad de contar con un lector activo, en las minificciones eróticas este será un rasgo primordial: el lector deberá llenar los silencios, desarrollar las sugerencias e imaginar lo aludido o esbozado.

Dina Grijalva.


• MINIFICCIÓN •

Propiocepción amorosa.

Guiomar Carrillo

Ocurría con frecuencia que al acariciarte yo también me diluía.


• MINIFICCIÓN •

Pasiones.

Pía Barros

Aunque enrraizara los huesos en la tierra, toda mi carne se arrancaría en tu búsqueda.


• MINIFICCIÓN •

Cama con espejos.

Isabel Wagemann Morales

Reflejados infinitamente en los espejos de uno y otro lado de la cama, hicimos todas esas veces el amor.


Esperanza y candor.

Esperanza y candor.

• MINIFICCIÓN •

Idilio

Mario Benedetti

La noche en que colocan a Osvaldo (tres años recién cumplidos) por primera vez frente a un televisor (se exhibe un drama británico de hondas resonancias), queda hipnotizado, la boca entreabierta, los ojos redondos de estupor.
La madre lo ve tan entregado al sortilegio de las imágenes que se va tranquilamente a la cocina. Allí, mientras friega ollas y sartenes, se olvida del niño. Horas más tarde se acuerda, pero piensa: «Se habrá dormido.» Se seca las manos y va a buscarlo al living.
La pantalla está vacía, pero Osvaldo se mantiene en la misma postura y con igual mirada extática.
«Vamos. A dormir», conmina la madre.
«No», dice Osvaldo con determinación.
«Ah, no. ¿Se puede saber por qué?»
«Estoy esperando.»
«¿A quién?»
«A ella.»
Y señaló el televisor.
«Ah. ¿Quién es ella?»
«Ella.»
Y Osvaldo vuelve a señalar la pantalla. Luego sonríe, candoroso, esperanzado, exultante.
«Me dijo: querido.»

Cosas de familia.

Cosas de familia.

«Nacemos solos, vivimos solos, morimos solos. Únicamente a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos».
Orson Welles

Por mis huevos.

Por mis huevos.

«—¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, ha puesto un huevo!, ¡ella quiere nuestro bien!Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la joven parturienta. Entibiando a su hijo, no estaba ni suave ni arisca, ni alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante tiempo que la miraban, sin experimentar ningún sentimiento determinado. Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con cierta brusquedad:
—¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en mi vida!
—¡Y yo tampoco! —juró la niña con ardor.
La madre, cansada, se encogió de hombros».

-Una gallina

Clarice Lispector.

Expresiva mirada.

Expresiva mirada.

«Catarina, de pie, observaba con malicia al marido, cuya seguridad se había desvanecido para dar campo a un hombre moreno y menudo, forzado a ser hijo de aquella mujercilla grisácea… Fue entonces cuando el deseo de reír se tornó más fuerte. Por suerte, nunca necesitaba reír realmente cuando sentía ganas de hacerlo: sus ojos adquirían una expresión astuta y contenida, se hacían más estrábicos, y la risa salía por los ojos. Le dolía un poco no ser capaz de reír. Pero nada podía hacer al respecto: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica».

-Lazos de familia

Clarice Lispector.

Pequeña quimera.

Pequeña quimera.

«Fue así, pues, como el explorador descubrió, de pie y a sus pies, la cosa humana más pequeña que existe. Su corazón latió porque ni siquiera una esmeralda es cosa tan rara. Ni las enseñanzas de los sabios de la India son tan raras. Ni el hombre más rico de la tierra ha puesto los ojos sobre tan extraña gracia. Allí estaba una mujer que ni la glotonería del más fino sueño jamás habría podido imaginar. Fue entonces cuando el explorador dijo tímidamente y con una delicadeza de sentimientos de los que su esposa jamás lo hubiera creído capaz:
—Tú eres Pequeña Flor».

-La mujer más pequeña del mundo.

Clarice Lispector.

Recuerdos del alma mía.

Recuerdos del alma mía.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

Testigo Presencial

Era una tarde soleada la de aquel abril. Por la ventana, cálidas luces sesgaban el horno en la cocina donde una charola con galletas de mantequilla aromatiza hasta la calle trasera, al tiempo que avisa a los vecinos que preparen café; mamá horneaba esas galletas que envolvían y enamoraban al paladar, al alma misma.
La brisa de la tarde invitaba la lluvia y con ello, sabíamos que la premura era mayor; las galletas debían estar listas y empacadas cuanto antes. Mamá terminaba de envolver las últimas galletas, mientras que yo, alistaba una pequeña caja de cartón azul y blanco donde con perfección lustrosa, acomodaba algunos utencilios de papelería que salía a vender junto con las galletas que preparaba mi madre.
Así, bajo la amenaza de lluvia y con dos cajas, una cada quien, salimos a la oportunidad. Nuestra aventura.
Luego de varias calles andadas y casi todo vendido, nos restaban solo 2 paquetes de galletas, había sido un buen día para mamá. Aunque mi papelería se había vendido poco, yo igual estaba feliz. Mamá hacia un esfuerzo enorme para tener listas sus galletas, y os juro que eran deliciosas.
Llegamos a un edificio de departamentos, que desde ya, se miraba lúgubre y desconocido. Me adelante para entrar pero mamá se detuvo un instante, como pensativa, —¿habría presentido algo en ese momento?, no lo sé, nunca se lo he preguntado. Entramos y no había éxito. «hoy no, gracias» era casi la respuesta inmediata. Salvo una chica que nos compró dos portaminas y una libretita de apuntes. Yo sonreí y mamá me marañó el cabello sonriéndome más. —¡Vamos hasta arriba, mamá, ahí nos comprarán! —le dije emocionado—, mientras corría sobre aquellos escalones insulsos, sin recubrir. Mamá me alentó con su mano, cansada ya del andar impetuoso de aquel día. Llamé a la última puerta y un ladrido seco atendió primero el llamado, luego, rechinando se abrió aquella entrada. Una mujer de gesto malhumorado y cansado me miró sin decir nada. Le sonreí y le ofrecí galletas, las últimas.
No sé, no recuerdo, o no quiero recordar exactamente cómo pasé de una sonrisa entusiasta a ése rostro de horror y llanto. Mamá me tiró con brusquedad y un grito ahogado, mientras los colmillos embrutecidos de aquel animal se clavaban en la pierna derecha de mamá. Gritaba asustado, yo era un párvulo de 7 años apenas, ¿qué podía hacer frente a la ferocidad de un animal de ese tamaño? Muerto de miedo, jalé con ahínco la pata de ese perro sucio y maldito, pero mamá me gritó que no, que corriera, que me fuera rápido. Miré a mamá, luego, miré a la mujer que sólo musitaba «Ya, ‘Chapo’, ya, suelta» como si eso fuera a funcionar, a servir de algo.
Corrí, corrí tan rápido y grité mucho que alguien nos ayudara. Un hombre salió de algún otro apartamento y me detuvo intrigado, sorprendido. Yo seguía gritando ahogado en un llanto inexorable. Cuando corrimos de vuelta, mamá bajaba apresurada, como podía y muerta de miedo y dolor, apenas y podía dar un paso. En sus ojos vi la agonía de su dolor. Aquel hombre luego nos ayudó a llegar a casa.
Ocho, seis, cuatro y otros ocho puntos, más un sin fin de cardenales, raspones y rasguños fue el saldo de aquella venta de galletas. Perdí mi caja azul y blanca, no sé dónde quedó, no quise volver, ni me importaba.
Por la noche papá volvió del trabajo y al ver a mamá, gritó furioso, lleno de una ira que yo no conocía. Hizo preguntas a mamá y volvimos a llorar, era inevitable, ese miedo persiste. Él, salió al jardín y tomó el machete que usaba para arreglar el césped, del auto sacó una franela, la enredó en su mano y se fue. Yo no entendía, pero mamá le suplicaba que no saliera, que por favor no, NO.
Papá volvió minutos después, yo estaba en mí habitación sin poder dormir. A la mañana siguiente, desde el comedor pude ver sobre el césped aquel machete tintado de rojo. Corrí al baño para devolver el cereal que apenas y había probado.
Seguro pensarán que papá era más un cavernícola que un ser pensante porque incluso yo lo llegué a determinar así. Pero él estaba defendiendo a su familia, a su modo y con una furia y desesperación que poco entiende de razones y cordura. Sé que luego, en frío, papá supo que no fue lo mejor. Y no, nunca agredimos, ni tentamos la tranquilidad de aquel perro. Ese animal era así, traicionero, contencioso; a veces de buenas, a veces mortal. Eso dijeron los vecinos a papá cuando como animal justiciero, acudió aquella noche.
No me gustan los perros y no sé si algún día tendré afinidad por ellos.
Hoy, 25 años después, mamá preparó galletas y eso me invita a recordar, no me apetece probarlas, pero hay varios nietos que terminarán con ellas mientras yo los miro en el jardín, jugueteando con el perro que papá les regaló.

Marco de Mendoza

🍸

Del cuerpo y el espíritu.

Del cuerpo y el espíritu.

📄… 🖋️

• AFORISMOS •


Haz lo que te pide el cuerpo: busca obtener gloria, honores, riquezas y tu vida será un infierno. Haz lo que te pide el espíritu que vive en ti: busca conquistar la humildad, la clemencia, el amor y no tendrás necesidad de ningún paraíso. El paraíso estará en tu alma.

León Tolstói


📄… 🖋️

Bamosbiendo I.

Bamosbiendo I.

Ya he dejado que se empañe / la ilusión de que vivir es indoloro. / Que raro que seas tú / quien me acompañe, soledad, / a mi que nunca supe bien / cómo estar solo. 🎼🎵🎶

Soledad, Jorge Drexler.

Soledad:
Flor de Roca

Soledad
Mariya Petrova
Una traición mística / Flora
Ileana Rivera
Surcos de soledad
Pilar López Román
Cronos
Chris Peters
La puerta de la soledad
Alberto Pancorbo