Inundame.

Inundame.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

M I F

Inundame con tu espacio, con tu cuerpo, con tu saliva; con tu maremoto blanco explotado de placer.
Inundame, que te busco completo, interminable. Derramarme en tu centro quiero, puedo.
Inundame con tu sudor, poseído, jadeante, agotado.
Inundame el alma con tu espacio; desde el resquicio de mi baja voz, hasta ahí donde se extingan tus jadeos impulsados por mi embestir.
Inundame en un beso sucio, atracón de piel y secreción; vuelve luego he inundame de nuevo con encanto, con pasión, y asfixia con tu lengua mi garganta, que de tu miel, mi carne vive ansiosa.

Marco de Mendoza

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Óbito.

Óbito.

SE DICE QUE… 💭

Estás muerto cuando deja de atraerte el placer, cuando ya no piensas más que en evitar el aburrimiento y no te importa que tu vida sea más ausencia (de dolor, de pasión, de entusiasmo) de contenido

La invención del amor

José Ovejero

… 💭

Consecuencias.

Consecuencias.

«A través del orgullo, nos engañamos a nosotros mismos. Pero en el fondo, bajo la superficie de la conciencia, una voz suave y apagada nos dice: algo no está bien».
C. G. Jung

Orgullo.

Orgullo.

«Una tarde iba yo apresurado por una calle en un barrio miserable. Al pasar frente a la puerta de una cantina di limosna a un pordiosero increíblemente harapiento. Muchas cuadras más allá me di cuenta de que aquel mendigo que me mirara con insistencia, pero sin hablarme, era Juan Vizcarra. ¡Era un anciano, y Juan Vizcarra era sólo diez años mayor que yo! Volví de carrera a la cantina, pero el mendigo ya no estaba allí… ¡Juan era tan orgulloso! Pero después de todo quizás no fuera Juan, quizás fuera sólo imaginación mía creer que ese limosnero cojo tumbado en un charco de suciedad a la puerta de una cantina era Juan Vizcarra.
A veces pienso que lo buscaré. No puedo olvidar la cancioncilla maliciosa que silbaba al entrar a casa en la mañana, ni la destreza con que esos dedos colorados y romos hicieron brotar la vida ante mis maravillados ojos de niño. Pienso buscarlo…, no sé para qué. Pero los años pasan. Ahora sólo muy de tarde en tarde llego a preguntarme:
—¿Qué será de Juan Vizcarra?».

-El hombrecito

José Donoso.

Iniciación.

Iniciación.

«Aclaramos el secreto, sin embargo; y sentados con mi hermana en la sombría guarida de algún rincón, bien juntos y mudos en la semioscuridad, gozamos horas enteras el orgullo de no sentir miedo.
Fue allí donde una tarde, avergonzados de nuestra poca iniciativa, inventamos fumar. Mamá era viuda; con nosotros vivían habitualmente dos hermanas suyas, y en aquellos momentos un hermano, precisamente el que había venido con Inés de Buenos Aires.
Este nuestro tío de veinte años, muy elegante y presumido, habíase atribuido sobre nosotros dos cierta potestad que mamá, con el disgusto actual y su falta de carácter, fomentaba.
María y yo, por de pronto, profesábamos cordialísima antipatía al padrastrillo.
—Te aseguro —decía él a mamá, señalándonos con el mentón— que desearía vivir siempre contigo para vigilar a tus hijos. Te van a dar mucho trabajo.
—¡Déjalos! —respondía mamá cansada.
Nosotros no decíamos nada; pero nos mirábamos por encima del plato de sopa».

-Nuestro primer cigarro

Horacio Quiroga.

Lamentos.

Lamentos.

«—¡Sí, cansada de todo y de todos ustedes; de cocinar, de lavar, de limpiar esta puerca casa tres veces al día, y luego tener que pegarme a la máquina, a coser la tarea del día, cansada de servirles a ustedes de madre y de mujer sin serlo, sin haber tenido ni hijos ni marido! ¡Qué coño se creen? —les había gritado a sus dos hermanos por la mañana, cuando uno de ellos respondió a su lamento de siempre: “¿Cansada de qué?”
—¡De todo, me oíste, de todo! No puedo seguir viviendo así; es que no puedo. ¡Me iré de aquí! Buscaré marido y me iré de aquí, ¿lo oyen?
—Ya estás vieja para las dos cosas.
El que contestó fue el hermano mayor y el hermano menor dijo:
—Sí, muy vieja.
—Vieja, pero todavía tengo con qué. Tengo piernas y tengo brazos y tengo… —pero el hermano mayor no la dejó terminar de un manotazo. Sintió cómo un gusto entre salobre y dulzón inundaba su boca y quizá pensó que no era desagradable».

-La mosca en el vaso de leche

Guillermo Cabrera Infante.

Demasiada vida.

Demasiada vida.

• PLUMA INVITADA •

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Katherine Mansfield está considerada junto a Chejov y a Maupassant, la gran artífice del cuento moderno.

La molestia de amar la vida.

Nacida en Nueva Zelanda en 1888, en el seno de una familia rica, en una época en que los códigos victorianos de las buenas costumbres hacían de las mujeres obedientes paridoras, aceptar que se quiere otra cosa, que se es otra cosa, atreverse a decir “no”, equivalía a un destierro afectivo y económico brutal.

Katherine Mansfield era esa niña. La niña incómoda de la familia. Demasiado regordeta para hacer feliz a su madre, demasiado rara para ser la muñeca juiciosa y adorable que todo buen padre victoriano exigía. Sus hermanas suplieron a la perfección el papel de niñas buenas mientras a Katherine, de 14 años, la enviaron a estudiar a Queen’s College en Londres. Tres años después consideraron que la misión estaba cumplida y la devolvieron a casa. Estaban completamente equivocados.

Pero ¿cómo podían imaginar que esa hija díscola y de carácter más bien insoportable sería una de las más grandes cuentistas de todos los tiempos? Porque los 73 cuentos que escribió Katherine Mansfield en su brevísima vida, tan poco leídos hoy, se alzan, como los más brillantes ejemplos literarios del género de la narración corta. Su nombre es más o menos reconocido por los buenos lectores, pero no, la verdad es que casi nadie la lee. Sorprendente.

En el barco que la llevaría desde la lejana Wellington a Inglaterra, en mayo de 1908, escribió en su diario, con esa ilusión de los veinte años y la certeza de una vida entera por delante, lo siguiente: “Aquí va un pequeño sumario de lo que necesito: poder, dinero y libertad. Es una doctrina inútil e insípida el que el amor sea lo único que existe en el mundo, pero una que se mete a martillazos en la cabeza de las mujeres, de generación en generación, y que nos estorba cruelmente. Tenemos que zafarnos de esa pesadilla… Así, llegará la oportunidad de felicidad y libertad”.

Pero la felicidad es esquiva cuando se tiene que inventar sin tener modelos. Un año más tarde Katherine Mansfield, con apenas 21 años, ya había tenido varios amoríos, y al saberse embarazada, se casó de repente un día y sin previo aviso con su profesor de canto, lo abandonó la misma noche de bodas. Su madre se enteró del embarazo. Atravesó medio mundo y se la llevó a Alemania. Allí la instaló en una pensión y se marchó de vuelta, sin esperar el parto. No lo hubo: tuvo un aborto espontáneo, se enamoró de un escritor polaco en ciernes que le transmitió gonorrea y después, ya otra vez en Londres, tuvo que ser operada de apendicitis y se le extrajo de paso una trompa de Falopio infectada. Sí, todo esto pasó en un solo año. Y mientras tanto, escribía sus primeros cuentos.

En el caos creativo que era su vida de aquel entones, tocó de nuevo la puerta de su marido relámpago. Él, dócil y todo un caballero, la recibió en su casa, leyó sus cuentos, y le sugirió que los llevara a la revista de literatura y política de moda: New Age. El editor, Orage, decidió publicarlos. Para su mala suerte, entre ellos había una versión libre de un cuento de Chejov (cuya obra había leído en Alemania) y el estigma del plagio —descubierto mucho más tarde— la acompañó mucho tiempo.

Ser una escritora publicada en New Age le abrió las puertas de la bohemia literaria. Eran los tiempos del grupo de Bloomsbury, tiempos de modernidad, de proclamación del amor libre, relaciones lésbicas, de ataques a la asfixiante moral victoriana, tiempos de voces feministas, luchas por el voto y por un espacio digno para las mujeres, pero a Mansfield nunca le interesó la militancia.

Orage, el editor de New Age, y su esposa, se conviertieron en amigos muy cercanos, atraídos por su personalidad magnética y extravagante y por su desordenada inteligencia. Fue por esta época que conoció al que sería el amor de su vida: John Middleton Murry. Él editaba una pequeña revista literaria, Rythm. Mansfield comenzó a publicar también en ella, y acabó viviendo con Murry. Pasaron espantosas penurias económicas, se mudaron de casa tantas veces que es dificil llevar la cuenta, se enfermaron ambos, pasaron una temporada en París pensando que allí la vida sería más barata, y conocieron al joven D.H. Lawrence que acababa de publicar su primera novela. El escritor y su mujer Frieda se volverían íntimos amigos de Mansfield y Murry, y tuvieron una relación intensa y desaforada, con confusos trueques de amantes en los que no todo es claro. Hay quien dice que fue Lawrence quien le transmitió la tuberculosis de la que finalmente Katherine murió, y otros aseguran que Lawrence estaba prendado de Murry. Es muy posible que ambas cosas fueran ciertas. Pero entre tanta niebla, algo bueno sucedió: Mansfield publicó su primer libro de cuentos: En una pensión alemana.

Mansfield tuvo muchos otros amantes. Se fue tras uno de ellos, a Francia, en plena Primera Guerra Mundial. Por supuesto, era prohibido entrar a territorio bélico, pero se las arregló para cruzar la frontera. Una locura típica de su ansioso carácter, que no admitía la idea de futuro.

Esa locura, esa hipersensibilidad, ese arrebatamiento, ese exceso de libertad, su propensión a la mentira y la intensidad, su deseo sexual nunca domesticado, irritaron profundamente a muchos de quienes la conocieron. Les caía mal. Pero tarde o temprano, todos se inclinaron ante su talento, incluida la tremenda snob que era Virginia Woolf. Cuando la conoció, Woolf dijo que “apestaba como un zorrillo”, pero luego no sólo admitió que la quiso a su manera, sino que afirmó que era la única escritora de cuya escritura sentía celos. De hecho, prologó la publicación póstuma de sus Diarios, y en ese prólogo afirma: “Los más notables escritores ingleses de relatos cortos están de acuerdo en admitir que Katherine Mansfield era una narradora fuera de concurso. Nadie la ha superado y ningún crítico ha sido capaz de definir cuál era su especial cualidad”.

¿Qué mágica cualidad tienen los cuentos de Katherine Mansfield para haber despertado tanta admiración? Primero, tenía una desconcertante capacidad de observación de los pequeños — casi invisibles— gestos cotidianos que revelan la humanidad, la condición de sus personajes. Y un magnífico oído para los diálogos aparentemente triviales, pero cargados de un significado que actúa como una peligrosa corriente submarina. Muchos de sus cuentos parecen fotografías borrosas, o más bien cuadros impresionistas. Era como si supiera ver el alma en la superficie de las cosas. Sus niños, por ejemplo, son maravillosos. La cruel frivolidad de los adultos con ellos, su capacidad para atrapar en breves frases toda la melancolía de la infancia, hacen de sus narraciones unas miniaturas delicadas, exquisitas. Todo en Mansfield es leve alusión.

Mansfield no se interesó demasiado por Freud, pero logró ser una agudísima psicóloga. Sus personajes masculinos son estupendos: afables y vanidosos a la vez, solícitos y arrogantes, seguros y frágiles, y muchas veces confundidos. Si existe un escritor que se dio a la tarea de nunca explicar nada, sino de contarlo todo, es ella. Y todo ese oxígeno que le da al lector, esa ambigüedad inquietante, ese temblor en el agua, es parte del encanto de su escritura. En 1920 y 1921 Mansfield publicó otros dos libros de cuentos (Felicidad y La fiesta en el jardín) que le dieron un enorme reconocimiento y la catapultaron a la fama. Pero al año siguiente, tras sufrir muchas recaídas, Mansfield decidió ir a curarse a las afueras de París, a una especie de sanatorio de moda, regido por el “maestro” ruso George Gurdieff. Katherine ya estaba muy enferma cuando llegó, con sus pulmones sangrantes destrozados por la tuberculosis. Simplemente, emocionada por la llegada de Murry a visitarla tras tres meses de estadía en condiciones espartanas, subió a toda prisa por las escaleras una noche y tras desmayarse por el esfuerzo, murió.

Dos años antes de morir, en mayo de 1921, había escrito en su diario: “Es una molestia infernal amar la vida como la amo. Parece que la amo más en vez de amarla menos a medida que pasa el tiempo. Nunca se convierte para mí en un hábito…, siempre me maravilla. Espero ser capaz de permanecer en ella el tiempo suficiente como para escribir algo verdaderamente bueno.” Hubo algo de justicia poética: en su breve, desatada e intensa vida, tuvo tiempo para ello.

Marianne Ponsford.