Dios te dé paz y paciencia y muerte con penitencia.

Dios te dé paz y paciencia y muerte con penitencia.

• MINIFICCIÓN •

La penitencia de la niña.

Amélie Olaiz

Ha dejado su bicicleta a la entrada de la iglesia. Se arrodilla en el reclinatorio junto a las veladoras, a los pies de la Virgen. Inclina la cabeza y aprieta las manos contra un pecho que se expande para suspirar.

Mientras lo espera, aromas de incienso y parafina se mezclan con sensaciones de culpa.

Los senos, montículos nuevos en su cuerpo, arden aún bajo las caricias del padre Miguel. Al escuchar ruido la piel se le pone chinita. Dios, como agua en cestillo, se le escapa entre los dedos.

Lo que nunca se ha tenido no se debería echar de menos.

Lo que nunca se ha tenido no se debería echar de menos.

«Mi madre no nació del barro, nació del cristal, delicada, frágil. Eso dijo mi padre aquel lejano día. Pero yo, creo que no, creo que mi madre no se perdonó jamás porque ella era tan de barro o más que cualquiera de nosotros. Ella era del barro más poroso, más humano que existe».

Su propia penitencia,
Rocío Díaz.

Penitencia II

Penitencia II

«Finge no escuchar el advenimiento del Señor de la Casa. Come las cáscaras de las pepitas de calabaza. Masca un pedacito de bolsa del súper, porque ahora son biodegradables y sabe que es bueno sólo un pedacito diario para evitar la inflación, los gases que deterioran la economía del hogar. Aquél da el primer jadeo, resopla, gruñe al agredir la paz de esa tarde.».

Civet de jabalí,
Antonio Jiménez Ochoa.

Penitencia III

Penitencia III

«Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos».

La tercería orilla del río,
João Guimarães Rosa.

I’m stuck here in this hellhole on my own.¹

I’m stuck here in this hellhole on my own.¹

«Mientras me debatía en ese suelo que se tornaba más blando y quemante a cada paso, más de fuego; mientras la potencia del astro, adversario impiadoso, castigaba la cáscara frágil de mi piel, ardiéndomela, ampulándomela, pensé, supe que mi existencia no me pertenecía, que era dependiente por entero de la de mis mayores, y que ellos, al igual que yo, mínimos e indefensos, me pensaban como una prolongación de sí mismos; se pensaban en mí. Yo era el resto de aliento que le transmitían a él: único posible dador de la vida. Ignoro en qué momento comencé a que la vastedad del espacio se poblaba de rivales, apostadas miradas».

Tema del rescate.

Agustín Monsreal.

¹ In flames you burn, Dream Evil.

Asceta.

Asceta.

«[… ] Entonces el fantasma habló de nuevo con una voz que resonaba como los suspiros del viento:
—¿Ha leído usted alguna vez la antigua profecía que hay sobre las vidrieras de la biblioteca?
—¡Oh, muchas veces! —exclamó la muchacha levantando los ojos—. La conozco muy bien. Está pintada con unas curiosas letras negras y se lee con dificultad. No tiene más que estos seis versos:


Cuando una joven rubia logre hacer brotar una oración de los labios del pecador, cuando el almendro estéril dé fruto y un pequeño deje correr su llanto, entonces, toda la casa quedará tranquila y volverá la paz a Canterville.


Pero no sé lo que significan.
—Significan que tiene usted que llorar conmigo mis pecados, porque no tengo lágrimas, y que tiene usted que rezar conmigo por mi alma, porque no tengo fe, y entonces, si ha sido usted siempre dulce, buena y cariñosa, el ángel de la muerte se compadecerá de mí. Verá usted seres terribles en las tinieblas y voces malignas susurrarán en sus oídos, pero no podrán hacerle ningún daño, porque contra la pureza de una niña no pueden nada las potencias infernales. Virginia no contestó y el fantasma retorcióse las manos en la violencia de su desesperación, sin dejar de mirar la rubia cabeza inclinada.
De pronto se irguió la joven, muy pálida, con un fulgor extraño en los ojos.
—No tengo miedo —dijo con voz firme— y rogaré al ángel que se apiade de usted».

-El fantasma de Canterville

Oscar Wilde.