Farruco Proceder

Farruco Proceder

«Benjamín Otálora cuenta, hacia 1891, diecinueve años. Es un mocetón de frente mezquina, de sinceros ojos claros, de reciedumbre vasca; una puñalada feliz le ha revelado que es un hombre valiente; no lo inquieta la muerte de su contrario, tampoco la inmediata necesidad de huir de la República. El caudillo de la parroquia le da una carta para un tal Azevedo Bandeira, del Uruguay. Otálora se embarca, la travesía es tormentosa y crujiente; al otro día, vaga por las calles de Montevideo, con inconfesada y tal vez ignorada tristeza. No da con Azevedo Bandeira; hacia la medianoche, en un almacén del Paso del Molino, asiste a un altercado entre unos troperos. Un cuchillo relumbra; Otálora no sabe de qué lado está la razón, pero lo atrae el puro sabor del peligro, como a otros la baraja o la música. Para, en el entrevero, una puñalada baja que un peón le tira a un hombre de galera oscura y de poncho. Éste, después, resulta ser Azevedo Bandeira. (Otálora, al saberlo, rompe la carta, porque prefiere debérselo todo a sí mismo.) Azevedo Bandeira da, aunque fornido, la injustificable impresión de ser contrahecho; en su rostro, siempre demasiado cercano, están el judío, el negro y el indio; en su empaque, el mono y el tigre; la cicatriz que le atraviesa la cara es un adorno más, como el negro bigote cerdoso».

-El muerto

Jorge Luis Borges.

Tácito suceder.

Tácito suceder.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mar inmensidad
Colección privada 2017

DULCE VIDA

Y ahí donde todo es claro, donde todo brilla más, estamos.
Parecemos hojas secas al viento, reblandecidas y arrebatadas.
Corremos casi impecables, perennes, ávidos.
Vida le dicen, y no es más que el fulgor atrevido de un instante
que nos mueve, incesante y voluble.
Persiste, mas no siempre. Fluye inconstante, persuasiva; impulsiva al paso persistente y temeroso de perderse.
Cambia, comparte, emociona. No es sino una atrevida selectiva. Amada concupiscencia necesaria, oportuna. Creadora de si misma y ambigua natural.
Versal y poderosa, emana de un instante y perece por igual, sin prerrogativa, ni aspaviento.
Mira con destello y sonríe patidifusa. Espera. Es contemplación, es acto rebeldía, firme al tiempo más no eterna. Apología a la inmensidad.
Vida le dicen, y es brillo, y es nada, y es todo.

Marco Mendoza.

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Pensamiento futuro.

Pensamiento futuro.

«El sol había seguido su curso y las mil ventanas del Ministerio de la Verdad, en las que ya no reverberaba la luz, parecían los tétricos huecos de una fortaleza. Winston sintió angustia ante aquella masa piramidal. Era demasiado fuerte para ser asaltada. Ni siquiera un millar de bombascohete podrían abatirla. Volvió a preguntarse para quién escribía el Diario. ¿Para el pasado, para el futuro, para una época imaginaria? Frente a él no veía la muerte, sino algo peor: el aniquilamiento absoluto. El Diario quedaría reducido a cenizas y a él lo vaporizarían. Sólo la Policía del Pensamiento leería lo que él hubiera escrito antes de hacer que esas líneas desaparecieran incluso de la memoria. ¿Cómo iba usted a apelar a la posteridad cuando ni una sola huella suya, ni siquiera una palabra garrapateada en un papel iba a sobrevivir físicamente?

En la telepantalla sonaron las catorce. Winston tenía que marchar dentro de diez minutos. Debía reanudar el trabajo a las catorce y treinta. Qué curioso: las campanadas de la hora lo reanimaron. Era como un fantasma solitario diciendo una verdad que nadie oiría nunca. De todos modos, mientras Winston pronunciara esa verdad, la continuidad no se rompía. La herencia humana no se continuaba porque uno se hiciera oír sino por el hecho de permanecer cuerdo. Volvió a la mesa, mojó en tinta su pluma y escribió:

Para el futuro o para el pasado, para la época en que se pueda pensar libremente, en que los hombres sean distintos unos de otros y no vivan solitarios… Para cuando la verdad exista y lo que se haya hecho no pueda ser deshecho:

Desde esta época de uniformidad, de este tiempo de soledad, la Edad del Gran Hermano, la época del doblepensar… ¡muchas felicidades!»

-1984
George Orwell.
El qué de todo.

El qué de todo.

«El viajero no era más que ese corazón angustiado, ávido de vivir, en rebeldía contra el orden mortal del mundo, que lo había acompañado durante cuarenta años y que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre. Volvía a ver su vida loca, valerosa, cobarde, obstinada y siempre orientada hacia ese objetivo del que ignoraba todo, y en verdad había transcurrido enteramente sin que él tratara de imaginar lo que podía haber sido un hombre que justamente le había dado esa vida para ir a morir poco después a una tierra desconocida, al otro lado de los mares. A los veintinueve años, ¿acaso él mismo no había sido frágil, doliente, tenso, voluntarioso, sensual, soñador, cínico y valiente? Sí, todo eso y muchas cosas más, alguien vivo, un hombre al fin, pero sin pensar nunca en el ser que allí descansaba como en alguien viviente, sino como en un desconocido que había pasado antes por la tierra donde él naciera, y que, según su madre, se le parecía y había muerto en el campo de honor».

-El primer hombre.

Albert Camus.

El quién y para qué.

El quién y para qué.

«Callarse es dejar creer que no se juzga ni se desea nada y, en ciertos casos, es no desear nada en efecto. La desesperación, como lo absurdo, juzga y desea todo en general y nada en particular. El silencio la traduce bien. Pero desde el momento en que habla, aunque diga que no, desea y juzga. El rebelde (es decir, el que se vuelve o revuelve contra algo), da media vuelta. Marchaba bajo el látigo del amo y he aquí que hace frente. Opone lo que es preferible a lo que no lo es. Todo valor no implica la rebelión, pero todo movimiento de rebelión invoca tácitamente un valor. ¿Se trata por lo menos de un valor?»

-El hombre rebelde.

Albert Camus.

El porqué del quíen.

El porqué del quíen.

«No se descubre el absurdo sin tener tentación de escribir algún manual de felicidad. «iBueno! ¿Pero por caminos tan estrechos?» Pero no hay más que un mundo. La felicidad y el absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. El error sería decir que la felicidad nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Ocurre también que el sentimiento del absurdo nazca de la felicidad. «Yo juzgo que todo está bien», dice Edipo, y estas palabras son sagradas. Resuenan en el universo hosco y limitado del hombre. Enseñan que no todo está, que no ha sido agotado. Expulsan de este mundo a un dios que había entrado en él por la insatisfacción y el gusto de los dolores inútiles. Hacen del destino un asunto humano que debe ser arreglado entre los hombres.
Toda la alegría silenciosa de Sísifo está en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. De igual forma, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos. En ese universo devuelto repentinamente a su silencio, las mil vocecitas maravilladas de la tierra se levantan. Llamadas inconscientes y secretas, invitaciones de todos los rostros, son elreverso necesario y el precio de la victoria…»

-El mito de Sísifo.

Albert Camus