Hideous.

Hideous.

«Unos huesos le atraparon la pierna. Secos y mojados a un mismo tiempo. Estiró el miembro derecho y miró a la esqueleto. Tenía una larguísima cabellera café con leche, enredada como una madeja en el cráneo y un par de húmeros, de iliacos, de fémures a punto de deshacerse. Y lloraba. Sin ruidos, sólo con agua sal que le salía de las cuencas aparentemente vacías».

La esqueleto.

Paola Esteban.

Immaculate.

Immaculate.

«El cura la examinó minuciosamente, sin descubrir en su cuerpo ninguna señal del demonio. Al domingo siguiente la condujeron a la iglesia y allí no manifestó signo alguno de inquietud, aparte de gemir cuando la humedecieron con agua bendita. Pero no retrocedió lo más mínimo ante la imagen de la cruz y, cuando pasó sus manos por sobre las sagradas llagas y las desgarraduras de las espinas, pareció apenada».

La salvaje.

Marcel Schwob.

Sassy.

Sassy.

«Por el color del cielo supo que quedaban solo segundos de luz, así que prescindió de preámbulos. Fue hacia ella, la abrazó sin dulzura y la tumbó de espaldas sobre la arena, de acuerdo a un modo de comportarse que le llegaba de muy lejos, de más allá de la memoria. Un último rayo de sol, ya muy tenue, se confundió con la mirada dorada que ella clavaba en los ojos del hombre que la poseía, y, antes de evanescerse, le atravesó limpiamente el rostro como dicen que hace siempre el sol con los duendes».

La duende.

Rafael Sender.

La Venus y la mirada occidental.

La Venus y la mirada occidental.

• PLUMA INVITADA •

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La primera muestra de arte occidental es la llamada Venus de Willendorf, una pequeña estatuilla de once centímetros de la Edad de Piedra hallada en Austria. En ella vemos todas las extrañas leyes del culto telúrico primitivo. La mujer es ídolo y objeto, diosa y prisionera. Se halla enterrada en la masa abultada de su propio y fecundo cuerpo.

Posible etimología.

La Venus de Willendorf tiene un nombre cómico, pues no es bella bajo ningún estándar. Más su belleza no había emergido aún como criterio para el arte. En la Edad de Piedra, el arte es magia, una recreación ritual de aquello que es deseado. Las pinturas rupestres no debían ser vistas. Su belleza, para nosotros, es incidental. Bisontes y renos atiborran los muros, siguiendo rocosas crestas y ranuras. El arte era invocación y llamado: ¡Oh, Madre Naturaleza, haz que retornen las manadas para que el hombre pueda comer!

Las cuevas eran las entrañas de la diosa y el arte, un garabato sexual, una impregnación. Tenía ritmo y vitalidad, pero no estatus visual. La Venus de Willendorf, una imagen para el culto moldeada a medias de una burda piedra, no es bella porque el arte aún no había hallado su relación con el ojo. Su grasa es símbolo de abundancia en una era de hambruna. Ella es la demasía de la naturaleza a quien el hombre ansía dirigir su salvación.

La Venus de Willendor trae su cueva a cuestas. Está ciega y enmascarada. Sus trenzas de pelo amaizado prevén la invención de la agricultura. Tiene el ceño fruncido. Su falta de rostro remite a lo impersonal de la religión y el sexo primitivos. No hay todavía psicología ni identidad, porque no hay sociedad ni cohesión. Los hombres se acobardan y se desperdigan ante el azote de los elementos. La Venus de Willendorf carece de ojos en tanto que la naturaleza puede ser vista, pero no conocida: es remota incluso mientras mata y crea. La estatuilla, tn rebosante y protuberante, es ritualmente invisible. Reprime al ojo. Es la sombra de la noche arcaica.

Abultada, bulbosa, burbujeante, la Venus de Willendorf se inclina sobre su propio viente, atendiendo la olla hirviente de la naturaleza. Se halla eternamente preñada. Incuba en todos los sentidos; es gallina, nido y huevo. Los términos latinos mater y materia, madre y materia, están interconectados etimológicamente. La Venus de Willendorf es la madre naturaleza como fango primigenio rezumando formas en sus comienzos. Es fémina, no femenina. Turgente como fuerza primigenia, hinchada de grandes expectativas. Sin pies, puesta de cabeza, se vendría abajo. Mujer inmóvil, lastrada por montículos inflados de su pecho, vientre y trasero. Como la Venus de Milo, la Venus de Willendorf no tiene brazos: son aletas rayadas en la piedra, sin evolucionar, sin uso. Sin pulgares, no lleva herramientas. A diferencia del varón, no puede deambular ni construir. Es una montaña que se puede escalar, pero nunca moverse.

Camille Paglia.

Minientrada

Prueba testifical.

• MINIFICCIÓN •

Eso

Mario Benedetti

Al preso lo interrogaban tres veces por semana para averiguar «quién le había enseñado eso». Él siempre respondía con un digno silencio y entonces el teniente de turno arrimaba a sus testículos la horrenda picana.
Un día el preso tuvo la súbita inspiración de contestar: «Marx. Sí, ahora lo recuerdo, fue Marx.» El teniente, asombrado pero alerta, atinó a preguntar: «Ajá. Y a ese Marx ¿quién se lo enseñó?». El preso, ya en disposición de hacer concesiones, agregó: «No estoy seguro, pero creo que fue Hegel.»
El teniente sonrió, satisfecho, y el preso, tal vez por deformación profesional, alcanzó a pensar: «Ojalá que el viejo no se haya movido de Alemania».

fantástico bajel.

fantástico bajel.

«Por los lentos ríos amazónicos navega un barco fantasma, en misteriosos tratos con la sombra, pues siempre se lo ha encontrado de noche. Está extrañamente iluminado por luces rojas, tal si en su interior hubiese un incendio. Está extrañamente equipado de mesas que son en realidad enormes tortugas, de hamacas que son grandes anacondas, de bateles que son caimanes gigantescos. Sus tripulantes son bufeos vueltos hombres. A tales peces obesos, llamados también delfines, nadie los pesca y menos los come. En Europa, el delfín es plato de reyes. En la selva amazónica, se los puede ver nadar en fila, por decenas, en ríos y lagunas, apareciendo y desapareciendo uno tras otro, tan rítmica como plácidamente, junto a las canoas de los pescadores. Ninguno osaría arponear a un bufeo, porque es pez mágico. De noche vuélvese hombre y en la ciudad de Iquitos ha concurrido alguna vez a los bailes, requebrando y enamorando a las hermosas».

-El barco fantasma

Ciro Alegría.

Peligrosa melodía.

Peligrosa melodía.

«Para los indios cocamas, la ‘madre’ de la lupuna, el ser que habita dicho árbol, es una mujer blanca, rubia y singularmente hermosa. En las noches de luna, ella sube por el corazón del árbol hasta lo alto de la copa, sale a dejarse iluminar por la luz esplendente y canta. Sobre el océano vegetal que forman las copas de los árboles, la hermosa derrama su voz clara y alta, singularmente melodiosa, llenando la solemne amplitud de la selva. Los hombres y los animales que la escuchan, quedan como hechizados. El mismo bosque puede aquietar sus ramas para oírla».

-La sirena del bosque

Ciro Alegría.