Desperté llorando, de alegría.

Desperté llorando, de alegría.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

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Mi razón

No esperaba despertar llorando. Había dormido mucho y soñado contigo. ¿Qué había en mis sueños que me provocaban llanto? Aquellos días tenía colapsado el sueño, intentaba dormir a tiempo pero no lo conseguía, y es que, ¿cuál era el tiempo? ¿qué determina cuando dormir? y más aún, ¿con quién soñar? Los días eran cortos y las noches largas, en vela. Tomé las píldoras prescritas y me eché a dormir. Di un centenar de vueltas sobre la cama y de pronto no supe de mí.
Ahí estabas, frente a mí. Completamente igual como te imaginé. El cabello oscuro te perfilaba el rostro y esos labios de jugo nuevo que me invitan a besarte, me torturan. Corrí hacia ti, tomé tu mano y de un giro volamos sobre campos de hoja fresca y mares cálidos.
No había pecado, ni temor. Era sol, un cielo insigne y viento alegre.
Pero desperté llorando y aún no sé porqué.
He venido a verte, sigues igual o más brillante. Te he traído flores y me besas a colores. Te abrazo y no puedo soltarte. Lloro. Me abrazas y respiras hondo. Besos a colores. Me tomo de tu mano y caminas a mi lado. He llorado derramado en ti y ahora sé porqué. Porque tú me llenas pleno, porque me sabes a cuero y flores, porque eres todo lo que anhelo. Mi razón.

Marco de Mendoza

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Coercer su deseo.

Coercer su deseo.

«Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cercanos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un mediodía brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una docena de veces era mucho. Le puse una mano en la garganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns».

-La mujer que no

Jorge Ibargüengoitia.