Minientrada

Lo sombrío de la libertad.

• MINIFICCIÓN •

Nocturnidad

Miguelángel Flores

Rafalito se durmió soñando que algún día podría volar. Y durante la noche se fue entretejiendo un hilillo de seda que salía de su boca, creando un sudario sin luz que creció y creció hasta cubrirlo por completo. Por la mañana despertó amordazado, prisionero, como si se hubiera transmutado del todo su cama en armario sombrío. Y paso media vida mirando desde dentro. Cuando al fin se atrevió a escapar de él, lo hizo convirtiendo el lienzo en unas alas asombrosas y asombradas, con adornos de purpurina y lentejuelas. Un destello tan frágil como culpable, que pronto atrajo la atención de un coleccionista de mariposas nocturnas; aquel que, sin escrúpulos, clavó a Rafalito un alfiler oscuro, un delirio perpetuo, en medio del recién nacido remolino de su pecho.

Cautivo.

Cautivo.

«La vida se convirtió en algo realmente duro para ellos. No les quitaban los cepos y no les dejaban salir al aire libre. Les tiraban masa sin cocer, como a los perros, y les bajaban agua en una jarra. Hedor en el pozo, calor, humedad. Kostylin enfermó definitivamente, estaba hinchado y le dolían los huesos; lo único que hacía era quejarse o dormir. Y Zhilin, desanimado, veía que las cosas pintaban mal. Y no sabía cómo salir de allí. Empezó a excavar, pero no había dónde tirar la tierra; el amo lo vio y le amenazó con matarlo».

-El prisionero del Caucaso.

León Tolstói.