Nimbo dopamina.

Nimbo dopamina.

«Estaban muy cerca. Soledad se habia sentado en el sofá, junto a él, para colocarle la bolsa en la mano. Podía olerle. Un tufo metálico a sangre y, por de bajo, el poderoso aroma de su carne. Un olor caliente, almizclado, masculino. Le miró sintiéndose pequeña y perdida. Esos ojos color caramelo ardiendo bajo las gruesas cejas, esa melena negra nimbando su rostro de piel blanca. Le deseaba, pero no debía. Se sentía caer fatalmente hacia él, pero era una locura. Y, sin embargo, podía. Era un gigoló, maldita sea. No tenía ni que preguntarse si él estaría dispuesto. Bastaba con que se inclinara y le comiera la boca. Sin embargo, Soledad era incapaz de moverse. Estaba paralizada. Abrazándose y convertida en piedra.
Entonces Adam alargo la mano y le pasó el canto del dedo índice por la mejilla. De arriba abajo, muy despacio. Después acarició con el pulgar sus labios y los entreabrió y metió el dedo dentro. El cuerpo de soledad perdio el esqueleto de repente, toda ella se ablandó, se licuó, se deshizo. Ni un solo hueso le quedaba. El gigoló agarró su nuca con la mano abierta, esa mano que sujetaba poderosamente la cabeza de la mujer, y la atrajo hacia sí. Muy cerca ya, a punto de caer en su boca, Soledad se detuvo».

-La carne

Rosa Montero.

Son consecuencias.

Son consecuencias.

«Es increíble que el mundo sea tan pequeño. Cuando entras en este negocio nunca imaginas que te tocará matar a un conocido. ¡Jamás! Tú vas, ubicas, procedes y se acabó. No hay más casos. Si es famoso, o si es un pobre diablo; si es un padre de familia ejemplar, o si es una lesbiana de moral dudosa, la suerte está echada y la muerte les llega a todos por igual. Nunca te preguntas qué hizo, ni tampoco por qué alguien lo quiere muerto. Ya te pagaron y no fue por preguntar. Ahora te toca hacer tu parte del contrato. Sin testigos. Sin exhibiciones. Sin escrúpulos. Te contratan para resolver problemas y no para crearlos. Aún recuerdo a la primera mujer que perdió conmigo. Era la hija de un comerciante. Estaba de buen ver; tenía unas caderas ardientes y usaba lencería de encaje negro. Fue una lástima que la bala terminara por arruinar ese delineado perfecto. La pequeña sabía demasiado: encontró a su padre encima de su mejor amiga. Cuando intentó estafarlo, éste pagó el último de sus costosos viajes, claro, sin retorno. Yo tenía treinta años cuando eso sucedió… Dicen que sólo al primer muerto es al que nunca olvidas y todos los demás se vuelven el sueño de una sombra».

-El día de mi suerte.
Atzin Nieto.