Hoy me he alimentado de plantas cercenadas y trozos de cadáveres de aves chamuscados y descuartizados, todo entremezclado con fluidos de mamíferos, puestos a pudrir en oscuras bodegas hasta solidificar, y de trozos endurecidos de masa de cereal horneados y cortados simétricamente. Salpicado a su vez por un jugo ácido y lechoso en el que las raíces y semillas de diferentes orígenes se mezclaban creando una película resbaladiza. Total: una ensalada César, muy rica.
Una luz muy fuerte me alumbra la cara. ¿Es un deja vu? No puedo dejar de mirarla… Sólo sé que es tarde y debo llegar al trabajo. Como todos los días, mi compañero se despide después de una larga jornada y me deja la posta para que continúe atendiendo pequeñas ventas. Controlo el dinero de la caja y miro vidas pasar. Un no cliente exige dinero. Corro y un fuerte sonido perfora mis tímpanos. Una luz muy fuerte me alumbra la cara. Y veo las sombras de mis antepasados que vinieron a recibirme.
Recuerdo como de niño, nos reuníamos unos 12 o 15 vecinos de la cuadra donde vivía y nuestro juego más recurrente siempre fue: “Policías y ladrones”. -¡Era fantástico! decía Sergio. Y es que él siempre quería ser “ladrón”; y yo por el contrario, siempre buscaba ser el policía, (desde entonces ese gusto por tener el control). Afortunadamente Sergio hoy es todo, menos aquel ladrón de nuestras quimeras y yo, lejos de aquel policía enérgico y gritón, estoy acá, perdido y encontrado entre letras y ficciones.
Esa dualidad entre el bien hacer y el mal discrepante, es una constante no solo en la vida real, lo es también en la ficción. Y es que el juego no nos era suficiente. Nos tumbábamos sobre la alfombra de casa y veíamos películas y series policíacas buscando ideas que pudiéramos aplicar al juego.
Hoy inevitablemente, hemos crecido, pero seguimos recordando aquellos días y encontrándonos en cada serie policíaca que vemos en televisión; y aunque ya no emulemos esos personajes, nos divierte pensar quienes podríamos ser en estas series de ahora.
He aquí algunas de las series policíacas, con las que, a usanza del pasado, podemos deleitar al niño que disfrutamos ser, siendo adultos:
«He conocido gente que irradia vulnerabilidad. Sus expresiones faciales dicen ‘tengo miedo de ti’. Estas personas invitan al abuso. Esperando a ser heridos… No sabía qué hacía a las personas querer tener amigos. No sabía qué hacía a la gente atraerse la una a la otra. No sabía qué subyace en las interacciones sociales».
—En el estilo y la manera de las disertaciones del honorable Robert Boyle.
Este palo que miras yacer solo, abandonado en una esquina, yo lo he conocido en otro estado más floreciente en el bosque. Estaba lleno de savia, lleno de hojas, lleno de ramas, y ahora en vano hace el afanoso arte que el hombre pretende ganarle a la naturaleza, al amarrar un montón de ramas secas a un tronco desnudo; y se le conoce justo por lo contrario a lo que era, como si fuera un árbol volteado de cabeza, las ramas en la tierra, y la raíz mirando al cielo. Cuando la veo, suspiro y me digo: «¡qué parecida a los humanos es una escoba!».
Un meteorito había colisionado contra el planeta tierra sin el menor estrépito. Un par de horas mas tarde, sin embargo, todos los noticiarios profetizaban el Apocalipsis. Miles de botiquines de primeros auxilios fueron ávidamente dispensados. El precio del petróleo marco cifras insólitas. Ana pidió permiso en el trabajo para pasar más tiempo con sus hijos. Stefan y su novio se besaron como si se tratase de la última, de la primera vez. La gente comenzo a salir de casa con un raro calambre de entusiasmo. A veces sonreían. A veces simplemente se sentaban sobre un palmo de césped y esperaban a la salida del sol. Lo que llamamos mundo, lejos de extinguirse, giró sobre sí mismo con renovado ímpetu. El meteorito nunca apareció.
Pasamos gran parte de nuestro tiempo preocupados por el futuro. Pensando cómo, quiénes, por qué y de qué modo llegaremos hasta ahí. Nostradamus lo sentenció de manera clara y precisa: «El hombre no alcanza nunca sobre la tierra el descanso absoluto, el fin de todas las luchas, la paz en todas las preocupaciones». Y de todas, seguramente es esta su más acertada predicción; no sólo por el hecho de que fuera un gran profeta, más bien pareciera que esto vino del ‘ser y hacer’ cotidiano del hombre. Hace unos días que circula en redes la noticia sobre un asteroide que impactará la tierra, dejando a este tercer planeta, completamente desolado. Lo cierto es que de ser así, no tendríamos oportunidad alguna de sobrevivir, ¡ni las cucarachas vaya! Me preocupa igual que no sabríamos por fin quíen mató a Colosio, o si Juan Gabriel en verdad está vivo, peor aún, ya no recibiría diariamente esa llamada a las 8:00 puntual, pidiéndome cambiar la red telefónica con que me comunico. Y es que al final, todo se reduce a eso: la comunicación. Qué y cómo lo decimos, determina en mucho el teje y maneje de la información. Se lee: «Peligroso asteroide impactará la tierra el próximo 3 de octubre». —”¡Coño Micky!” Una noticia así hiperventila a cualquiera. Sin embargo, deberíamos estar acostumbrados. No es la primera vez que el fin del mundo es vaticinado por sabe quién. Pero ¿cómo hacemos para creernos estos cuentos? ¿Qué nivel intelectual ronda a quien toma por cierta una noticia así, sin fundamento, sólo porque se viralizó en las redes sociales? Aunque al final es comprensible, el FT3 (si, así se llama. Porque imagino que no tenías ni idea) tiene las mismas posibilidades de impactar la tierra que tú o yo de ganarnos la lotería: 1 entre 11 millones. Y no es que sea pesimista, en verdad me gustaría que ese asteroide nos impactara, bueno sí, también que tú o yo ganaramos la lotería, pero ambas cosas son en verdad improbables. Ese tal FT3 no tiene posibilidades ni de rozar siquiera la corteza terrestre, 0,0000092% de probabilidad, dicen los que sí estudiaron. Las mismas probabilidades de que yo deje de ponerle filtros a mis fotos. Al final, ni los Mayas, ni Nostradamus, ni Baba Vanga lo tuvieron claro, y no va a ser un cuerpo rocoso orbitando a mas de 420,000 km de la tierra, quien venga a decirnos cuando dejar de bailar pega’o. Y si lo va a hacer pues —«… ¡que lo haga ya, ya se tardó. O sea, no se avisa, se hace! ¿Me entendiste?» Así que por ahora ‘ya mejor siéntese señora’, y deje de preocuparse del futuro, porque al presente, le hacemos mucha falta. Como siempre dice mi madre: «Preocuparse por el futuro, es una perdida de tiempo».