Un diablo del guiñol.

Un diablo del guiñol.

«Preguntó: «¿Ha visto usted ya al diablo?» La señora Bontemps murmuró: «No.» Entonces la cuidadora se puso a charlar, a contarle historias que aterrorizaran su débil alma de moribunda. Según ella, unos minutos antes de expirar, el diablo se le aparecía a todos los agonizantes. Tenía una escoba en la mano, una marmita en la cabeza y lanzaba grandes gritos. Cuando uno lo ve, todo se ha acabado, y sólo se vive unos cuantos instantes más. Y enumeraba a todos a los que el diablo se le había aparecido delante de ella, en ese año: Joséphin Loisel, Eulalie Ratier, Sophie Padagnau, Séraphine Grospied. La señora Bontemps, por fin emocionada, se agitaba, removía las manos e intentaba girar la cabeza para mirar al fondo de la habitación».

El diablo,
Guy de Maupassant.

¡Qué delicia la gente pensante!

¡Qué delicia la gente pensante!

«Y Filipp tuvo un sueño. Vio cómo todo había cambiado: la tierra era la misma, las casas las mismas, el portón el mismo y, sin embargo, la gente completamente distinta. ¡Todos eran muy sabios! No había ningún tonto, y por las calles andaban franceses y más franceses. Hasta el propio acudir reflexionaba de este modo: “Debo confesar que no me siento nada satisfecho del clima. Voy a consultar el termómetro”. Mientras esto decía sostenía un grueso libro entre las manos».

Un portero inteligente, Antón Chéjov.

Galeano.

Galeano.

«Luego de ayunar lo convenido, con los poderes que le dio Huayramama, Don Emilio tuvo fuerza para dirigir el viento y las lluvias, y curaba a quienes venían de lejos. Lo visitaban gentes a punto de morirse porque les había soplado un mal viento, los que perdían sus cosechas, mujeres atormentadas por las borrascas, o simplemente pescadores que no cogían nada porque los ríos estaban crecidos».

Huayramama.

Juan Carlos Galeana.