«Yo entonces corrÃ, literalmente corrà a su encuentro. Usted me dio la mano y en su tacto reconocà la existencia serena, acosada, presente, de nuestras cosas subordinadas y comunes. Usted me dio la mano y yo musité: ‘Hoy y la alegrÃa’, asÃ, desordenadamente, ‘hoy y la alegrÃa’, sin vacilar, sin pensar en rehusarla, sin alejarme obsesivamente, sin hacer nada, sin hacer absolutamente nada.
Usted habÃa apoyado su mano en mi nuca y habÃa alcanzado a decirme: ‘No sea tan muchacho. Quienes lo merecemos somos usted y yo. Usted y yo merecemos este amor en que siempre le perteneceré, en que siempre me pertenecerá. ¡Vamos, si parece un chico! Claro que sufre. Yo también. Yo también sufro’. SÃ, usted también sufrÃa. Pero estaba verdaderamente convencida de su resolución, de su ánimo, de su firmeza. Y ésta —su firmeza— acabó por perdernos. O salvarnos».
-Hoy y la alegrÃa
Mario Benedetti.
