Pegajoso dulzor blanquecino.

Pegajoso dulzor blanquecino.

«—Creo que les gusta demasiado la cerveza o los cochinos refrescos de ahora. El puro alcohol no las perjudica. La cosa es, compadre, que en estos últimos tiempos se me descomponen todas. Que si el estómago, que si el hígado, que si los reumas, que si la barriga, que el corazón y las fatigas…
A Galdeano cada día de su santo le regalan una muchacha los de su tierra de Jalisco. Añade alguna que otra de su hacienda pulquera. Nemesio es más parco, la legítima no las admite en casa; los hijos sí. Lleva bautizados veintiuno. Galdeano ha perdido la cuenta. Pero desde hace algún tiempo muchas están enfermas.
—En nuestro tiempo las medicinas eran baratas. Ahora es un desmadre.
Beben pulque. Callan. Galdeano vino a hablar de lo que le tiene a pecho».

La vejez, Max Aub.

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

Mira a tu alrededor: hay otro, siempre hay otro.

«Y un poco más tarde vi a un ángel durmiendo a la sombra de un árbol cubierto de flores. Me pareció que me miraba también; pero no estoy seguro, porque su rostro estaba escondido por una rama. Ahora, sin embargo, ella se despertó y comenzó a jugar con algunos otros. Alcé mi voz y grité, pero no me escuchó.
¡Supongo que me sentí poderoso como para derramar lágrimas!
Y entonces, de repente, se desvaneció y desapareció, y yo quedé solo en medio de la noche. Me sentí como en un laberinto, dolorido. Entonces oí a la Voz que decía: Si, aun siendo traviesos, le das obsequios a tus hijos, cuánto más su Padre, que está en todas las cosas buenas»

El valle de los niños perdidos, William Hope.