Flamingos.

Flamingos.

«Llegué cuando una luz muriente declinaba. /
Emprendieron el vuelo los flamencos dejando /
el lugar en su roja belleza insostenible. /
Luego expuse mi cuerpo al aire. Descendía /
hasta la orilla un suelo de dragones dormidos /
entre plantas que crecen por mi recuerdo sólo».

Laguna de Fuentepiedra, María Victoria Atencio.

Rosado Majestad

Flamingo Sunrise
Julie Bell
The Dead Flamingo
Archibald Hattemore
Flamingoes
Arthur Stanley George Butler
El Flamingo
Angelica Postle

Se le ve mucho el truco.

Se le ve mucho el truco.

«Pidieron un aperitivo y en tanto lo traían le fue mostrando con detenimiento los detalles que daban un lujo exótico al restaurante. Ella asentía, pero sin entusiasmo. Lo ofendió particularmente la poca impresión que le hicieron los flamingos, que a él lo fascinaban.

—Pobres, siempre con luz eléctrica y en un lugar tan chico, con tan poca agua… ¿Cuándo dormirán? Debe de ser espantoso estar siempre encerrados en medio del ruido y de la gente —mientras hablaba ladeando un poco su rizada cabeza, los miraba tristemente, sin un comentario sobre su elegancia, sin un destello de admiración, como si fueran simples animales».

Flamingos.

Inés Arredondo.

Quiroga.

Quiroga.

«Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia».

Las medias de los flamencos.

Horacio de Quiroga.