De impiedad y sin sentido.

De impiedad y sin sentido.

«—Has hecho los deberes. Veo que no me he equivocado al elegirte. Y quieres saber qué es lo que me ha llevado a hacer lo que hice. Eso no va a ser tan fácil. Tendrás que poner de tu parte. Y leer entre líneas, Carlos, siempre hay que leer entre líneas.
Se colocó perpendicular a la mesa, con los dos brazos apoyados mirando hacia mí, y empezó a hablar como si me dictase —Comencemos.
—Solo un montón de imbéciles, oprimidos y débiles puede dejarse matar así. El mundo está dividido entre quienes matan y quienes se dejan matar, entre lobos y ovejas. Me repugna ver a toda esa gente que critica la fuerza, la capacidad y el orgullo mientras se convence de que sus limitaciones son virtudes. La caridad es la debilidad disfrazada de buena intención.
Somos depredadores y lo vamos a seguir siendo. Seguiré matando, ¿saben por qué? Porque ustedes van a permitírmelo gracias a unas normas que hemos hecho gente como yo para protegernos. Hice todo lo que hice porque sé que en unos años estaré fuera de la cárcel. ¿Diez? ¿Doce? Quizá alguno más. Pero después seguiré con mi vida y si, volveré a matar.
Aquello no iba dirigido a mi, o al menos, no sólo a mí. El hijo de puta hablaba en plural. Estaba intentando utilizarme. Quería mandar sus mensajes. Quería seguir haciendo daño y pretendía que yo le sirviese de ayuda. Había elegido a un novato para usarlo como una marioneta».

-Los lobos no piden perdón

Miguel Conde-Lobato.

Los actos ordinarios.

Los actos ordinarios.

«—Querida, no te sorprendas si no logras entender cómo están las cosas. Seguro que eres muy buena en tu trabajo, pero aquí la historia es distinta, porque los crímenes en serie se rigen por otras reglas, y eso también vale para las víctimas. No han hecho nada para convertirse en tales. Su única culpa, por lo común, es que sencillamente se encontraban en el lugar erróneo en el momento equivocado. O que para salir de casa ese día se han vestido de un color en particular en vez de otro. O, como en el caso que nos ocupa, tienen la culpa de ser niñas, caucásicas, y de tener entre siete y trece años… No te enfades, pero tú no puedes saber esas cosas. No es nada personal…

—¿Tienes hijos?

—No, ¿por qué? ¿Qué tiene eso que ver?

—Porque cuando encuentres a los padres de la sexta niña tendrás que explicarles la «razón» por la que su preciosa hija ha sido tratada de ese modo».

-LOBOS

Donato Carrisi.