«El ojo del amo. Él era sólo un ojo. Pero ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allà habrÃa cubierto a los hombres de insultos, habrÃa encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. Casi se sentÃa la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales. Él no les gritarÃa nunca a los hombres, y los hombres lo sabÃan, por eso seguÃan trabajando sin darse prisa. Sin embargo era seguro que preferÃan a su padre, su padre que los hacÃa sudar, su padre que hacÃa plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comÃa gracias al trabajo de ellos, sabÃa que lo despreciaban, tal vez lo odiaban».
–El ojo del amo
Italo Calvino.





