Un diablo del guiñol.

Un diablo del guiñol.

«Preguntó: «¿Ha visto usted ya al diablo?» La señora Bontemps murmuró: «No.» Entonces la cuidadora se puso a charlar, a contarle historias que aterrorizaran su débil alma de moribunda. Según ella, unos minutos antes de expirar, el diablo se le aparecía a todos los agonizantes. Tenía una escoba en la mano, una marmita en la cabeza y lanzaba grandes gritos. Cuando uno lo ve, todo se ha acabado, y sólo se vive unos cuantos instantes más. Y enumeraba a todos a los que el diablo se le había aparecido delante de ella, en ese año: Joséphin Loisel, Eulalie Ratier, Sophie Padagnau, Séraphine Grospied. La señora Bontemps, por fin emocionada, se agitaba, removía las manos e intentaba girar la cabeza para mirar al fondo de la habitación».

El diablo,
Guy de Maupassant.

Símbolo de amor.

Símbolo de amor.

«Simultáneamente, como si cada uno proyectara en el otro sus movimientos (¡misterioso y sutil espejo!), tomaron con una mano primeramente, luego con las dos, la tajada de torta con penachos de crema (monumento de los españoles en miniatura), y se la llevaron a la boca. Mascaban al unísono y terminaban de deglutir cada bocado al mismo tiempo. Con idéntica sorprendente armonía se limpiaban los dedos en los papeles que otras personas habían dejado tirados sobre el pasto. La repetición de estos movimientos los comunicaba con la eternidad».

Los amantes,
Silvina Ocampo.