Un día sin lobos.

Un día sin lobos.

Fernando Vicente

Drácula
Bram Stoker
Por un instante mi corazón se detuvo por completo, e intenté gritar, sólo que estaba completamente paralizada. Entonces me dijo con una especie de susurro cortante e intenso, señalando a Jonathan mientras hablaba: »¡Silencio! Si haces el más mínimo ruido, le cogeré y le aplastaré el cerebro delante de tus propios ojos». Yo estaba espantada y demasiado desconcertada para decir o hacer nada. Con una sonrisa burlona, él colocó una mano sobre mi hombro y, agarrándome fuerte, desnudó mi garganta con la otra, diciendo mientras lo hacía: »Primero, un pequeño refrigerio para recompensar mis esfuerzos. No hará falta que te resistas, ¡no es la primera ni la segunda vez que tus venas apaciguan mi sed!».
Pero mis sentimientos se tornaron repulsión y terror cuando vi todo su cuerpo emerger lentamente por la ventana y empezar a descender reptando por el muro del castillo, cabeza abajo sobre aquel terrible abismo, con su capa ondulando a su alrededor como unas enormes alas. Al principio no pude creer lo que veían mis ojos. Pensé que se trataba de un engaño provocado por la luz de la luna, algún efecto óptico de las sombras; pero continué observando, y no podía ser ninguna ilusión. Vi los dedos de manos y pies agarrar las esquinas de las piedras, desprovistas de mortero tras el desgaste de los años, y así, sirviéndose de todo saliente e irregularidad, descender a velocidad considerable, igual que un lagarto recorre una pared.
En el claro de la luna, frente a mí, había tres mujeres jóvenes; damas, a juzgar por sus vestidos y modales. En el preciso instante en que las vi, pensé que debía de estar soñando, pues aunque tenían la luna a sus espaldas no arrojaban sombra alguna sobre el suelo. Se acercaron a mí y me observaron un rato, y luego murmuraron entre sí. Dos eran morenas, y tenían altas narices aquilinas, como la del Conde, y enormes ojos oscuros y penetrantes, que parecían casi rojos en contraste con la palidez amarillenta de la luna. La otra era de tez clara, y tan hermosa como pueda serlo una mujer, con grandes, ondulantes masas de pelo dorado y ojos como pálidos zafiros. Por alguna razón su rostro me resultó familiar, y me pareció reconocerlo en relación a algún temor soñado, pero en aquel momento no conseguí recordar cuándo ni dónde.
Furia Quebradiza.

Furia Quebradiza.

«Si descubren una bruja –una anciana cuyos quesos maduran cuando los quesos de sus vecinos se resisten u otra vieja a quien su gato negro, ¡que siniestro!, sigue todo el tiempo– la desnudan y buscan la marca, el pezón supernumerario que amamanta a su familia. Lo encuentran pronto. Después, la lapidan».

El hombre lobo.

Angela Carter.

Entre lo que digo y callo

Entre lo que digo y callo

«Las palabras de amor pasaron de uno a otro, fueron suspiradas, los hicieron reír y se gastaron. Tocaron el velo flexible y opaco que separa a los amantes. La voluptuosidad creció en furor y quiso cambiar de persona. Llegó hasta la extremidad aguda en que se expande alrededor de la carne, sin penetrar hasta las entrañas. La africana se acurrucó en su corazón extranjero. Lucrecio se desesperó al no poder consumar el amor. La mujer se tornó altanera, melancólica y silenciosa, parecida al atrio y a los esclavos. Lucrecio anduvo errabundo en la sala de los libros».

Lucrecio: Poeta.

Marcel Schwob.