Los labios resecos.

Los labios resecos.

«Tanto mejor para la suegra que, en una de esas noches, al compartir la cama, abrazó a su yerno con delicadeza. Él dormido –¡qué bueno!–, indefenso, extraviado. O sea: ¿qué tal si envalentonada lo acariciaba; sólo una caricia larga, pues, más sensual?, con tiento obsceno (muy poco), no esperando mínima respuesta. El plan de Carlota se calentaba a fuego lento. Tenía que percibir el letargo súpito de su yerno, que un mimo lascivo fuese parte de un figureo fugaz del sueño de él. El plan se redondeó, la espera. Así, por ahí por la madrugada ¡a darle suavemente!».

Un cúmulo de preocupaciones que se transforma.

Daniel Sada.

La hora del sueño.

La hora del sueño.

«El juego se llevó a cabo en el llano que está hacia la orilla sur, por el rumbo del panteón. Siempre: se utilizaba una bola porque era la costumbre, o mas bien, para evitar despilfarro. Poca gente se dio cita: unos ocho sombrerudos que llevaban lonche y soda. Estos: sentáronse en unas piedras. Ni siquiera vendedores ambulantes por ahí».

Cualquier altibajo.

Daniel Sada.

El vivir sin remedio.

El vivir sin remedio.

«Su vida parecía un perpetuo decurso lleno de irregularidades e insuficiencias. Y así de continuo los intentos, así la fe en sí mismo y el humus de las abstracciones resultantes, pero: lo craso: a las primeras de cambio Gastón se decepcionaba de lo que a usted se le ocurra, tenía ese privilegio, debido a que contaba con el apoyo incondicional de su familia».

Atrás quedó lo disperso.

Daniel Sada.