Behique.

Behique.

«Tras esta última explicación hubo un momento de silencio y luego Gideon replicó con indiferencia que no podía recordar de qué raíz se trataba. Tenía una expresión huraña y hostil en el rostro, incluso cuando miraba a los Farquar, a quienes solía tratar como si fueran viejos amigos. Ellos empezaban a molestarse; esa sensación anuló la culpa que había nacido tras las primeras acusaciones de Gideon. Empezaban a pensar que su comportamiento era muy poco razonable. Sin embargo, en ese momento se dieron cuenta de que no iba a ceder. La droga mágica permanecería en su lugar, desconocido e inservible salvo para los escasos africanos que la conocieran, nativos que tal vez se dedicaran a cavar zanjas para el Ayuntamiento, con sus camisas rasgadas y sus pantalones cortos remendados, pero que habían nacido para la curación, herederos de otros curanderos por ser hijos o sobrinos de antiguos brujos, cuyas feas máscaras, huesos y demás burdos objetos de magia parecían ahora signos externos de poder y sabiduría reales».

-La brujería no se vende

Doris Lessing.

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Ofitas.

Ofitas.

«Decían que era viejo, que ya era viejo cuando se la llevó con él. Sus padres no querían nada con aquel hombre tan extraño. Había llegado al pueblo con gran fama de curandero. Hizo algunas curaciones que parecieron milagrosas. Gentes casi moribundas con piernas inmensas y deformadas, con enormes vientres, con temblores incontrolables, con diarreas continuas y vómitos y amarilleces en los ojos y en la cara. A veces les daba a tomar una poción transparente donde se veían flotar filamentos de raíces o de hojas. A veces los envolvía en un sahumerio espeso y asfixiante como en una nube y los tenía por horas chorreando sudor, mientras recitaba entre dientes oraciones e invocaciones con nombres desconocidos. A veces, pura y simplemente, les hacía un ensalmo, les colocaba algún objeto suyo sobre la picada de culebra o sobre la llaga profunda, volvía los ojos hacia arriba y comenzaba a implorar o a dar órdenes a espíritus o a seres infernales».

-La mujer de Uriel

Arturo Uslar Pietri

Sabbat.

Sabbat.

• CITA CON EL SÉPTIMO ARTE •

AKELARRE

Pablo Agüero
( 2020)

🎞 📽

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—Atroz

Le conseiller (Daniel Fanego)

—¿Cuántas más muertes serán necesarias, señor?

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—¿Y qué podemos hacer contra tal determinación?

Lucifer les sella los labios con tanta fuerza que podríamos despedazarlas lentamente y seguirían sin revelarnos los secretos del Sabbat

Le conseiller (Daniel Fanego)

—¿Y si el Sabbat no existiese?, ¿si solo fuese un sueño?

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—Sí solo fuese un sueño, ¿Cómo tantas mujeres podrían tener el mismo sueño?

[…]

Pierre de Lancre (Alex Brendemühl)

—No hay nada mas peligroso que una mujer que baila, pero las danzas más macabras, las más obscenas, son aquellas que se celebran en los bosques, porque son secretas, porque solo Lucifer y sus sirvientes las conocen, porque solo ellos han celebrado los ritos del Sabbat.

Si no las detenemos a tiempo, esas brujas perversas van a invertir el orden del universo.

Eternidad.

Eternidad.

«De mi cuerpo descompuesto crecerán las flores y yo estaré en ellas. Eso es eternidad».

Edvard Munch

Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Jai Raphael
Deseos.

Deseos.

«—Todo lo que usted me dice ahora es muy triste, señor Abad; pero una cosa me consuela, y es que allá arriba, en el paraíso de las estrellas, seré todavía el Delfín… Sé que el buen Dios es mi primo y que sabrá tratarme como corresponde a la altura de mi rango.
Luego añade, volviéndose hacia su madre:
—¡Que me traigan mis más bellos vestidos, mi jubón de armiño blanco y mis escarpines de terciopelo! Quiero hacerme fuerte ante los ángeles y entrar en el paraíso vestido de Delfín.
Por tercera vez, el capellán se inclina hacia el pequeño Delfín y le habla nuevamente en voz baja… En medio de su discurso, el niño le interrumpe con cólera:
—¿¡Pero entonces, grita, esto de ser Delfín, no sirve absolutamente para nada!?
… Y, sin querer atender a nada más, el pequeño Delfín se vuelve hacia la muralla, y llora amargamente».

-La muerte del delfín

Alphonse Daudet

Trágicas esperanzas.

Trágicas esperanzas.

«8 de octubre

Quiero darle las gracias a la muerte cuando venga, pues ahora el plazo se vencerá demasiado pronto como para que me sienta capaz de seguir esperando. Sólo tres cortos días de otoño más y sucederá. ¡Qué ansioso estoy de que llegue el último instante, el último de todos! ¿No debería ser un instante de dicha y de indecible dulzura? ¿Un instante de máxima sensualidad?

Tres cortos días de otoño y la muerte entrará aquí, en mi habitación. ¿Cómo se comportará? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará del cuello y me estrangulará? ¿O meterá su mano en mi cerebro? Sin embargo, ¡yo me la imagino grande y bella, de una majestuosidad salvaje!».

-La muerte

Thomas Mann

Tránsito inusual.

Tránsito inusual.

«Cuando los cortejos fúnebres que pasaban cerca del corredor se hicieron muy frecuentes, la maestra nos obligó a permanecer todo el día en el salón oscuro y frío de la escuela.

Los indios cargaban a los muertos en unos féretros toscos; y muchas veces los brazos del cadáver sobresalían por los bordes. Nosotros los contemplábamos hasta que el cortejo se perdía en la esquina. Las mujeres iban llorando a gritos; cantaban en falsete el aya-taki, el canto de los muertos; sus voces agudas repercutían en las paredes de la escuela, cubrían el cielo, parecían apretarnos sobre el pecho».

-La muerte de los Arango

José María Arguedas.

Minientrada

Deseo carmesí.

• DESCANSAMOS LOS MARTES •

🍸

ROJO

Lorenza toma el par de zapatos altos de rojo carmesí que había comprado antes de que Miguel se marchase. Los calza y se mira frente al espejo, desnuda, completa; sin otra cosa sobre su piel ansiosa que aquellos vivaces tacones mortales. Aquel día en la tienda Miguel le negó con la cabeza cuando ella le mostro los zapatos. Brillaban tanto que iluminaron los ojos sombrios de Lorenza y ella, en su obediencia ambigua, no refutó aquella negación. Miguel la tomó de la mano rígido y salieron de aquel local en busca del bar donde se encontrarían con varios amigos. El ambiente es pesado, oscuro e incluso agrio. Lorenza sonriendo, le pide a Miguel un poco de su trago. Él la mira y sonríe, luego, de un sorbo bebe el total del vaso y le indica que pida otro para que lo pruebe, si quiere, ríe con sus camaradas. Lorenza se levanta, Miguel la reprime. Espera a que se distraiga y se cuela al baño, ahí descarga su rabia encaretada de miedo, de angustia y de olvido. Sale de aquel bar y mira hacia todos lados, respira. Regresa después al mismo sitio. Miguel ni siquiera lo ha notado, está pasadísimo; solo grita y ríe como un simio grotesco. Vuelven a casa, Lorenza se sienta sobre el filo de la cama y se quita aquellos tacones brillantes que compró en su escapada del bar. Miguel tampoco lo nota. Él se tira sobre la cama y la empuja con los pies, ella cae, él ríe. Lorenza tiene atorados en el alma coraje y rabia desdeñosa. Levanta aquellos tacones, los aprieta contra su pecho y entre sus manos. Fuerte. Miguel grita, ella ya no puede más. Un alarido corta el viento.
Lorenza calza frente al espejo aquellos tacones amarillo intenso que compró hace unas horas; desnuda tiembla, ese rojo intenso que ahora cubre sus zapatos viene desde la cama donde Miguel ya no está, por lo menos no para descalificarla. Ese intenso carmesi le recorre desde los orificios donde antes tuvo ojos, hasta las sabanas tibias que ahora lo cubren y llega luego a los pies de Lorenza. Le gusta ése tono, sin embargo, irremediable llora. ¿Por qué siente placer? No lo sabe, sólo se pregunta si ahora que Miguel se ha marchado así, ya es libre, o más prisionera que nunca.

Marco de Mendoza

🍸

Ríete del miedo.

Ríete del miedo.

• MINIFICCIÓN •

Inmortal

Carlos Guillermo Ortuño

Vuelve a pedirme que lo empuje. Esta vez desde la azotea. Este maldito niño me tiene frito con el gusto que le ha cogido a restregarme que es inmortal. Y yo no gano para sustos, vivo con miedo. Salimos a pasear y se tira debajo de un camión. Nos vamos al parque de atracciones y se lanza desde la noria mientras saluda al resto de los usuarios. En el campo se come todas las setas venenosas que se encuentra.

Le he amenazado con dejar de ser su amigo si continua con esa actitud irresponsable.

Me dice que si lo hago se declara en huelga de hambre.

Y se rie.

Timet.

Timet.

«El miedo es un absurdo, una locura. Pero nos mantiene alertas. Nos mantiene vivos».

MAMS